domingo, 24 de julio de 2016

"William Blake" de Chesterton


    ¿Necesitará William Blake presentación  de algún tipo? Por desgracia, y en los tiempos que corren, sí. Miembro extraño entre los londinenses del siglo XVIII y XIX, formaría parte de esa noble estela de pensamiento, a veces errática, a veces subterránea -al menos en la modernidad-, que ha vertebrado la noble Europa y que llamamos platonismo. Su platonismo se plegaría eso sí a un ambiente nada pagano: el de Sagradas Escrituras, si bien no sería un sometimiento forzado, antinatural... la imaginería de Blake, cruel con los de su tiempo -con razón, basta decir-, arrastra el pensamiento pagano y el cristiano a un mundo de referencias íntimas, personales de un "visionario" que halla en el verso y la imágen -nunca en el discurso argumentado- su modo expresión. A lo largo de una larga vida, no siempre cómoda, Blake conoció la pobreza y la marginación de su obra. Tenido por loco, pocos serían quienes se interesaran por su obra. La posteridad debería hacer justicia a su rico legado imaginativo, expresión de una cosmovisión que tenía como centro lo divino y el desprecio al ruido de la máquina y la fábrica que comenzaba a anegar el mundo moderno.

    El libro de Chesterton -primer encuentro mío con tal autor, siempre mencionado entre los grandes- hará un repaso por la vida del poeta y grabador. Lo tratará desde su más tierna infancia, considerando algunas de sus influencias y obras, así como su carácter y relaciones. El libro, rico a las consideraciones, nos muestra un carácter complicado, sereno salvo por erupciones puntuales que tiene trato -no siempre amable- con distintos mecenas. El pobre Blake, no muy acertado en sus decisiones prácticas, va de un estado de cosas no muy bueno a otro cada vez peor. Si bien no conoció la pobreza extrema, y siempre mantuvo su producción, sí que conoció situaciones que ponían en compromiso su dignidad. A través de ellas, Chesterton da cuenta de varios puntos y momentos de su obra. En cierto momento del libro se dice que La guerra que amaba Blake era una guerra de lo invisible contra lo invisible (p. 149). Ciertamente así lo mostraba su escritura visionaria y trascendente, enemiga del materialismo; pero también la postura que en asuntos de práxis mostraría: su apoyo a la revolución francesa era un apoyo al establecimiento de normas universales y trascendentes en el mundo. Teniendo fijado ese punto inicial, agonístico, entre una realidad que debe plegarse y acoger lo ideal, encontramos la matriz de la obra de Blake. Matriz esta muy generosa a las corrientes de pensamiento subterráneo, aunque Chesterton lo dirá con mayor gracia y talento:


    Algunas de sus ideas constituyen lo que el viejo mundo medieval habría llamado herejías o lo que el mundo moderno (con igual instinto de sensatez pero con menor precisión científica) llamaría modas pasajeras (p. 151).

    Estas líneas se hacen cargo de las influencias que ejercieron en Blake el pensamiento esotérico, mal mirado por Chesterton, pero que sin duda hallan su lugar en Blake. Es conocido que Blake leyó con interés a Swedenborg y otros pensadores de corte espiritualista o neoplatónico. Es por eso que Blake, por sus referencias, era una rareza en el mundo que había visto nacer la ciencia, con sus exitosas fórmulas capaces de anticipar a la naturaleza. La ciencia, no sería de extrañar, la denosta Blake... mucho menos admirará a uno de los acólitos que más impulso e influencia le dieran -a pesar de haber escrito más de teología y alquimia, curiosa paradoja a ojos modernos, que de física- Newton. A este hombre que se ganó el elogio de tantos modernos, Blake no le dedicará ninguno. En claro contraste con sus contemporáneos, más que alabarlo lo representará de un modo monstruoso. Es esta una rebelión contra un mundo considerado como mecanismo. La ciencia nueva perturba el mundo de influencias sobrenaturales de Blake. La realidad rica de presencias no solo visibles -es conocido que Blake decía hablar con espíritus desde muy pequeño- es reducida allí a mero mecanismo de un relojero. Desfachatez sin duda para el poeta inglés.


    Chesterton atiende la figura de Blake desde su comprometida visión católica... que no es sino una forma de decir que Chesterton lo juzga de forma atenta, puntillosa, aquí y allá, encontrando los defectos que un católico encontraría en cualquier heterodoxo. El juicio se hace sin embargo con un virtuoso empleo del lenguaje y con una mirada crítica, rica de elucubraciones de todo tipo -no siempre estrictamente relacionadas con Blake- que delimitan a ese que fue el loco de Londres. Merece la pena, sin duda, conocer a ese loco visionario en esta edición bellamente editada por Espuela de Plata.


lunes, 4 de julio de 2016

Fragmento de "Imagenes en fuga de esplendor y tristeza" de Luis Antonio de Villena

Áureo joven incógnito

Sólo la tosca moneda de oro da fe de él y de su imagen. Rasgos jóvenes en un estilo de ángulos y ojos grandes, bizantinos. Sabemos poco, casi
nada,
de quien fue, nominalmente, el último emperador de Roma, con más
exactitud
del Imperio Romano de Occidente, reducido ya (por aquellas fechas) a
poco
más que el territorio de la actual Italia. Por todo lo demás antiguas
provincias
-rota ya la comunicación entre ellas- campeaban, mandaban y
destruían, ramas
diversas de la gente germánica, godos especialmente. El paisaje abundaría
en estatuas rotas o caídas, acueductos deteriorados, y carcomidas murallas,
herrumbre en palacios y mosaicos, a menudo, descascarrillados... El general
Orestes -que conoció a los hunos- decidió hacer de su joven hijo el
césar:
Flavio Rómulo Augústulo -extraña coincidencia-a quien llamarían
"Augustulus",
Augustito, no sabemos si por ternura o por desprecio. No se excluyen.
El chico había nacido en Rávena y su padre lo llevó a la deteriorada pero
aún imponente Roma en su derribo. Allí, con lo que quedaba del Senado,
lo nombró emperador el 31 de octubre del año 475 de la era de Cristo.
Suponemos (por conjeturas de unos y otros) que el muchacho tendría
en tal momento unos diecisiete años. Odoacro, rey de los hérulos, otra
estirpe
goda, tras matar a Orestes, depuso a Rómulo el 4 de septiembre de 476,
fecha solemne del irremediable final del Imperio Romano de Occidente.
Quizá
para que nadie tornase a tener vanas ensoñaciones de Imperio (a él le
bastaba ser
rey) hizo enviar a Zenón, emperador de oriente, todas las insignias y
trastos
imperiales. ¿Y qué hizo con Augústulo? Debió haberlo matado también,
pero por algún motivo -rico a las conjeturas- bien que el chico nunca hubiera
pisado la política ni la batalla, bien que fuese un adolescente hermoso,
dieciocho,
como mucho diecinueve años, lo perdonó y lo mandó al sur, a una
propiedad
en Nápoles, que en tiempos mejores, había pertenecido al célebre,
opíparo Lúculo.
En el "Castellum lucullianum" -hoy del ovo- quedó en vigilada
libertad el chico.
Sabía leer a Virgilio y Homero, pero también sabía que eso ya no valía
nada...
Unos dicen que huyó y hasta que murió viejo, entre tantas revueltas,
felizmente
olvidado de sí mismo. Otros aseguran que lo más tarde hacia el 480 fue
muerto
por orden de Zenón, su igual, que no quería ni siquiera competencias
teóricas.
Es claro que el bárbaro Odoacro lo respetó porque lo simpatizaba, le
quería.
Un moralista severo diría: Nada quedó de nada. Pero nosotros (con la aurea
moneda en la mano, el brusco perfil joven) no somos ese agrío moralista
ni nos tienta -por obvio- el "memento mori". Pensamos que quizá
Augústulo,
junto al mar soleado de Parténope, soño en el viejo mundo de Pan y la
Sibila
y deseó morir antes (antes del cuchillo final) porque ya estaba muerto y perdido.
Fuera de su mundo, de sus libros, de su razón, de su dios y dioses,
entre gente áspera que le hacía burla cuando leía a Tácito o a Plutarco,
decidió que morir era mejor que vivir y dispuso el tósigo apropiado.
Una casualidad (que no se si llamar feliz) hizo que el puñal de Oriente y
el veneno del médico coincidieran en su lecho el mismo día y a la misma
hora.
Había dicho al viejo: sobrevaloráis la vida. Vale cuando brilla y deja de
valer
cuando es tan sólo el roto capuz de un fantasma. Ave atque vale. No fue su tiempo.

"Elogio del caminar" de David Le Breton

   ¿Puede ser el caminar un tema digno del pensar?¿Un tronco que, arrojado al fuego de la mente produzca una gran y aguda llama iluminad...